Capitulo Uno: Primer acto
Oh! Colombina, il tenero
fido Arlecchin è a te vicin!
Di te chiamando e sospirando,
aspetta il poverin!
Entre los escalones del teatro veronés el selecto público se había reunido a presenciar la opera. La colombina hacía con gracia su papel de enamorada dedicándole miradas de complicidad al arlequín. Mientras el arlequín enmascarado dejaba sonar su fuerte voz al tiempo que en un laúd hacía sonar la dulce melodía. La gente disfrutaba de la belleza de la colombina y escuchaba con agrado la canción del arlequín. Sin embargo la actuación de este era pobre, en lugar de dedicar una mirada de enamorado a su colombina no hacía sino pasearse a escasos metros del público mirando a este con detenimiento.
La tua faccetta mostrami,
ch'io vo' baciar senza tardar,
la tua boccuccia.
Amor, mi cruccia e mi sta a tormentar!
Entonces el arlequín fijó sus ojos en una mujer del público, era de dientes torcidos y poco agraciada. Sin embargo la miró como si le dedicase el soneto a ella, hasta que decidió convertir su laúd en un instrumento de percusión. La madera del instrumento chocó contra el piso y de este emergió un cuchillo de hoja curva. Sin vacilación alguna el actor descargó el filo de su hoja contra la mujer que antes había sido el objeto de su cantar, causando que el público gritara de pavor.
Ah, Colombina!
schiudimi il finestrin,
che a te vicin di te chiamando
e sospirando e il povero Arlecchin!
A te vicin è Arlecchin!
Y exclamando el último verso de su canción con fiereza el arlequín escapó tan rápido como sus pies le permitieron. El anfiteatro Arena había estado en las calles de Verona desde tiempos romanos, así que los pasajes por donde en otros tiempos salieron gladiadores heridos le sirvieron de ruta de escape. Los otros miembros del grupo teatral quedaron desconcertados por el actuar de su tenor y de inmediato corrieron tras de el con intenciones de capturarlo, pero era muy tarde, había desaparecido entre las calles de Verona.
Esa noche la función terminó temprano, el tenor no regresó sin embargo no tardaron en encontrar al real. Atado de pies y manos y con mordaza en boca se encontrada en un viejo baúl de los que se usaban para guardar el vestuario. La gente comentó la muerte de la mujer, esposa de Cesare Capecchi, un acaudalado comerciante de la ciudad; el mensaje era claro, alguien quería a Cesare controlado y esa había sido una represaría. Pero aun así cuando el tema del asesinato se olvidó, la gente que ese día fue al teatro Arena aun comentaba que la mejor voz que habían escuchado en su vida sonó en aquella ocasión. Su bravura no menguó jamás y se mantuvo dulce hasta en el más horrendo de los crímenes.
Ahora el arlequín se encontraba una vez más en el teatro, esta vez como espectador. Ya no lucía su traje de rombos ni su máscara grotesca; atrás quedó su sombrero de cola de zorro y el bastó de su cinturón. Ya no era más aquel burlón personaje de la comedia del arte, ahora era solo un hombre de humildes vestiduras que disfrutaba de una presentación de "Edipo rey" en el viejo teatro de la época romana. La música no sonaba en esta ocasión pues mientras Edipo desentrañaba su propio pasado los actores se limitaban a recitar sus líneas, no a cantarlas.
En eso una muchacha se sentó junto al que una vez lució la máscara de arlequín, la obra ya iba a la mitad así que la única justificación para que alguien se sentara a su lado a esas alturas era que fuese la persona que tenía en mente. La muchacha puso su mano en el regazo del asesino y dejó ver sus ojos tras un abanico. Su voz se deslizó suavemente a los oídos del hombre mientras se acercaba a este.
-Hola Luciano, es un placer verte -dijo con voz coqueta.
-Señorita es de mala educación hablar durante una obra de teatro -le respondió sin inmutarse.
-Entonces tendremos que ir a un lugar más privado para no incomodar a los demás ¿No te parece Lucianito? -dijo bajando su abanico y dejando que su aliento cálido cosquilleara los oídos del hombre.
-No tengo intención de perderme el suicidio de Yocasta, así que lo que tenga que decirme será otro día -le susurró a la muchacha en el oído.
-Mira gusano -dijo poniendo su rostro a escasos centímetros del de él-, quiero que te pongas el traje de arlequín otra vez, son las ordenes de mi padre.
-¿Si son las ordenes de tu padre como es que la que quiere que lo haga eres tú?
La mujer frunció el ceño y miro con despreció a Luciano, ya no quería decirle nada más. Pero este tan pronto vio a la actriz que interpretaba a Yocasta acabar con su vida en escena, tomó a su compañera de la mano y la sacó del teatro aun ante las quejas de los otros espectadores. En un pasaje trasero donde nadie pudiera oírlos Luciano plantó su mano en el muslo de la muchacha y le besó el cuello. Esta lo apartó y sacó un cuchillo que escondía en su abanico con el que amenazó a su compañero, este no hizo más que reír.
-¿Qué pasó Colombina? el tierno y fiel Arlequín está aquí... ¡Llamándote y suspirando, espera el pobrecito! Tu carita muéstrame, que quiero besar sin tardar, tu boquita.
-Estoy harta de ti -se quejó la muchacha-. No entiendo cómo crees que citándome partes de tu estúpido papel vas a hacer que no te mate. Y ten por seguro que lo haría pero mi padre te necesita vivo para lo que tienes que hacer.
-¡Ah! Colombina, solo deja escapar tu orden y tú valeroso arlequín se encargara de complaceos aun en el más alocado capricho -respondió sonriente Luciano-. Al fin siendo mi corazón de vuestra merced no tengo ya voluntad y he de confiar en la suya.
-Primero que todo deja de llamarme Colombina y de hablar así -dijo la muchacha mientras sacaba un papel-. Tu tarea se llama Karolos Stephanopoulos, tienes que deshacerte de el cuanto antes.
-A mi señora, un griego, por supuesto que puedo encargarme de él -contestó sonriente-. No será problema para vuestra merced. Ahora ¿Un beso de despedida?
-Depende, por los sonidos que vienen del teatro Edipo acaba de perder los ojos ¿Quieres hacer lo mismo?
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